13 julio, 2020

Los ‘ofendiditos’ de la política han existido siempre

Partamos de una premisa: la mayoría de las personas que nos consideramos pertenecientes a un espectro político concreto, tendemos a ver como “las malas” a las que están en el opuesto. Como máximo, llegamos a considerar como equivocadas a quienes se encuentran en opciones adyacentes.

Esto no es un descubrimiento nuevo, ya que el sentido de pertenencia es inherente a nuestro desarrollo evolutivo, condicionando y viéndose condicionado a su vez por las estructuras sociales imperantes en cada momento histórico.

Y lo vemos también en la política. En comidas familiares, salidas de cañas con amigos/as y en las cafeterías de los centros de trabajo siempre hay alguien que, de forma más o menos distendida en ocasiones -y con acritud en otras- utiliza el término “fachas” o “rojos”. Que si unos sólo quieren que vuelva el dictador para tener oprimida a la clase trabajadora y tenernos todo el día cantando el “Cara al Sol”, que si otros son unos hipócritas que quieren que seamos pobres mientras tuitean desde móviles de 1.000 euros… El sentimiento de pertenencia ligado a la opción política puede ser muy intenso en algunas personas, llegando incluso al fanatismo.

Cuando juega nuestro equipo deportivo queremos que éste gane. Y si vemos un partido en el que no juegan, al menos preferimos que gane uno de los dos contendientes antes que el otro. En política, queremos que cuando se producen procesos electorales ganen “los nuestros”. Por fanatismo o porque simplemente creemos honradamente que la opción que representa nuestra ideología es la más indicada porque la contraria será perjudicial para nuestros intereses o los de nuestra clase social.

Y en estas que llega un proceso electoral y desde las izquierdas nos llenamos la boca (y las redes) diciendo, cual mantra inamovible, que hay que echar a la derecha, que sólo nos ha traído recortes y precariedad y que si les permitimos gobernar será peor aún de lo que ha venido siendo hasta ahora.

Pero llega la hora de gobernar y las cuentas no salen. Es necesario unirse y por lo tanto hay que negociar. Para muchas personas es la opción ideal, puesto que consideran que las mayorías absolutas terminan convirtiéndose en rodillos, por lo que apelan a la capacidad de negociación de los partidos de izquierda para no permitir que la derecha regrese.

Una negociación de este tipo nunca es fácil. Son muchos factores a tener en cuenta, tanto organizativos como programáticos, por lo que hay que buscar un equilibrio entre líneas rojas y sentido de la responsabilidad. Pero siempre ha habido -y temo que seguirá habiendo- personas, grupos e incluso partidos (más bien sus órganos de dirección, que la militancia nunca es homogénea al cien por cien) que cuando llega el momento de cerrar acuerdos pierde la memoria de lo que venían pregonando y ponen el amor a las sillas por encima del sentido de Estado, sobre todo cuando son el agente “pequeño” en la negociación. Después, una vez conscientes de que no les van a dar ni todo el oro ni todo el moro, interpretan muy bien su papel de vilipendiados, hasta el punto de que buena parte de su militancia reniega de quienes hasta el momento eran sus socios en potencia, poniéndoles en la palestra y convirtiéndoles en el nuevo enemigo. Pero, ¿el enemigo (político) no era la derecha? Tan malo es a veces tener mayoría absoluta como creerse la llave que abre todas las puertas.

Lo hemos visto en todos los ámbitos de la política, desde lo local hasta lo estatal. El último episodio ha sido muy reciente y temo que en el futuro lo volveremos a ver. Al final, ¿la nueva política se diferencia tanto de la antigua? Para muchas personas han cambiado el canal y el código pero el mensaje sigue siendo el mismo: el amor al poder. Menos mal que en las izquierdas -en todas- siguen quedando personas con sentido común y que creen firmemente en aquello que defienden por encima de sus intereses o los de su grupo.

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