13 julio, 2020

¿Dónde están los límites del humor?

El debate sobre los límites del humor es como el Guadiana, reaparece y desaparece en las redes cada cierto tiempo. Aunque en la práctica muchos de los grandes medios audiovisuales en su apuesta por el entretenimiento llevan tiempo apostando claramente por el humor blanco -los datos de audiencia mandan. Pongamos como ejemplo a Modern Family, una de las series de comedia más premiada de los últimos años. Han apostado por un elenco en teoría multicultural e integrador en el que nos encontramos personajes arquetípicos y guiones en búsqueda constante de gags por encima de las tramas, tocando temas que se tratan superficialmente para terminar los capítulos con una moraleja. Y no por ello digo que la serie sea mala, me rio con ella y me entretengo, que es al fin y al cabo para lo que está hecha.

El humor blanco claramente es muy necesario, pero también lo son el humor satírico, el irónico, el absurdo, el negro, el friki o el verde. Cuando ayer declaró ayer Dani Mateo ante la prensa que le preocupa que se esté “llevando a un payaso ante la Justicia por hacer su trabajo”, también tuve un conato de abrir en mi mente el debate sobre los límites del humor. Hagamos un ejercicio de imaginación: supongamos que el gag que hizo Dani Mateo con la bandera hubiese tenido lugar en otro país y con otra bandera, por ejemplo en Saturday Night Live. Muchas personas en EEUU se habrían sentido indignadas y otras tantas continuarían hoy riéndose. En nuestro país, más de uno y de una que hoy piden la cabeza de Dani Mateo estarían riéndose de la genialidad de los cómicos estadounidenses o, si acaso, ignorando el tema.

Porque no preocuparnos de lo que pasa afuera mientras no nos pase en casa es lo nuestro. La gracia de un chiste puede depender mucho de la zona geográfica o cultural en la que nos encontremos y parece mentira que en un lugar en el que hemos presumido de picaresca y gozado de la lectura de obras de grandes autores que usaban el ridículo como motor para la risa –véase por ejemplo a Cervantes– nos escandalicemos sobremanera por un gag que además ni siquiera es nuevo en su concepto.

Al final, lo de reflexionar sobre los límites del humor se quedó en un intento, porque me parece más importante preguntarme si a todas estas personas que piden la cabeza de quienes hacen un humor que no les gusta les mueve la hipocresía o es que la sociedad realmente está cambiando a un modelo de pensamiento único (qué pena esto último, ¿no?).

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